Conservas de Barbate

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Ellas

Son las 5:00 de la madrugada de una noche cualquiera.
Barbate, un pequeño pueblo marinero, duerme en silencio.

Felisa, en un duermevela, escucha como llaman a la puerta de la casa. Intenta levantarse pero el sueño es mas fuerte que ella, y se vuelve a dormir…

Quien llama a esas horas es la “llamaora”. Ataviada con su humilde atuendo de diario y con su hatillo de tela preparado, recorre las calles de noche, a oscuras. Con mano firme y decidida, golpea puerta tras puerta. Llama a cada casa con el fin de avisar a las mujeres para su jornada laboral.
Falta poco para que el gallo cante.
Despertando con el día, centenares de mujeres, abuelas, madres, hijas, recorren las callejuelas del pueblo. Las fábricas de conservas las esperan.

El puerto se llena de vida. Llegan ellos, los hombres que faenaban durante toda la noche, algunos durante días, incluso meses, para traer el pescado fresco que tan cotizado estaba en la lonja.

Bien entrada la mañana, Felisa mira a su abuela llenar la cesta de palma de bocadillos y un termo de café recién hecho. El olor del pote de café recorre todos los rincones de su humilde casa.

– Abuela, ¿qué haces? – preguntó Felisa.
– Prepararles el desayuno a tu madre y a tus tías.
– ¿Puedo ir contigo abuela?
– Claro hija, vente si quieres.

A Felisa le gustaba acompañar a su abuela. Le gustaba ver el ambiente y la algarabía que se formaba en las calles de las fábricas. También le gustaba ver como en las azoteas encaladas se mezclaban entre sabanas, las agujas y los bonitos curaos. Se repetía la misma escena, azotea tras azotea, sabanas y bonitos mecidos por el viento.

Un sonido conocido les hace acelerar el paso: El pito de la Chanca.
– ¡Vamos niña! ¡Aligera, que ya salen las mujeres!.- dice la abuela a Felisa.

Bajando por la picota hasta la calle Zapal, ya empieza a oírse el gentío. Cruzando una callejuela a la derecha, allí estaban: ellas.
Sentadas en las aceras, todas en filas, con sus faldas y sus piernas cruzadas. Con las redecillas del pelo y  el olor del trabajo impregnado en la piel, descansan un rato antes de continuar la faena.

Algunas están de pie haciendo un corrillo, contando anécdotas y riendo entre ellas. Otras descansan en silencio. Otras compran en la tienda de la esquina.
Felisa las mira. Le gusta el ambiente, la vida que hay siempre en esas calles y a esa hora.

Felisa las mira y mira sus manos. Manos viejas, menudas. También manos jóvenes y delicadas. Manos que están llenas de historia, de trabajo, de familia, de hogar.
Felisa recordará por siempre el olor de aquellas manos. Manos con olor a mar.

Historia viva que quedó impregnada en la piel de cada mujer que vivió esa época.
En memoria a todas las estibadoras barbateñas, de ayer y de hoy.

Texto: Teresa Sánchez Ruiz

Comentarios (4)

  1. ¡Precioso cómo escribes!!Mi abuela me contaba historias de esa época en la que también ella trabajaba en la fábrica. Gracias por compartir tu relato porque a mí me ha hecho recordar momentos muy bonitos.

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