Conservas de Barbate

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Isabel, la maestra.

Isabel y Felisa tienen mucha cosas en común, se podría decir que son la misma persona, la misma hija, la misma madre, la misma hermana, la misma abuela. La misma mujer.

Isabel es la mía, mi Mujer con mayúscula, mi abuela.

Un día, sin querer entrar en mucho detalle, mi abuelo, que era de León, me contó que una adivina, en unas fiestas de su pueblo, le había vaticinado que en el futuro, se iba a casar con una mujer rubia en puerto de mar y él se ponía muy nervioso cuando yo le preguntaba muchas veces por la misma anécdota pero, aquella magia envuelta en muchas casualidades que realmente lo llevaron al mar y a su puerto, de la mano de la melena rubia y rizada de mi abuela, me fascinaba.

Hija de Juana y José, la mediana de tres hermanas nació en Vejer, siempre fue la niña preferida de las maestras porque no había nadie más obediente y trabajadora que ella. Gracias a los privilegios que tenía la desgracia de ser huérfana de carabinero, su madre y su abuela la enviaron con su hermana mayor, Maruja, a estudiar a Madrid siendo aún muy pequeñas y resignándose a la idea de ver a su familia solo en Navidad y en verano.

El sacrificio que le rompía el corazón en cada viaje de vuelta en tren, mereció la pena, tenía que merecerla. Todos los años le daban el premio de buena conducta y buenas notas, ella sabía que esa era la única manera de que la dejaran estudiar magisterio con una beca, porque su madre, viuda y con tres hijas, no podía pagarle ninguna clase de estudios.

Lo consiguió. Después de hacer bachiller, Maruja volvió a Vejer y ella se quedó en Madrid, donde luchando mucho, las monjas de su colegio consiguieron convencer a todas las instituciones que hicieron falta de que aquella muchacha andaluza se merecía la oportunidad de estudiar una carrera.

Una carrera en Madrid, una mujer, en los años cuarenta bajo el régimen de la dictadura franquista.

Cuando terminó sus estudios, inmediatamente volvió a Vejer para cuidar de su madre, que ya empezaba a estar enferma. El cura del pueblo la recomendó para una escuela rural que había en una aldea cercana que se llamaba El Soto, y allí empezó a enseñar a leer, a escribir y a hacer cuentas a los niños del campo, con su melena rubia y su vocación indiscutible de ser maestra. Todo el dinero era para las medicinas de su madre, y no consintió casarse mientras ella tuviera que destinar su sueldo a su casa, ni dejarse mantener por ningún hombre. En una aldea de Cádiz, una mujer, en los años cincuenta bajo el régimen franquista.

Isabel con su sobrino José Manuel

Y después de estudiar una oposición, consiguió una plaza en un colegio de Barbate y se casó, en Barbate, puerto de mar, por cierto. Y tuvo tres hijos y cinco abortos. Y se sacó el carnet de conducir, y nunca dejó de trabajar, durante más de treinta años estuvo enseñando a los niños del pueblo a leer, a escribir, a hacer cuentas y a muchas, muchísimas cosas más.

Isabel es Felisa y Loli, y Manuela, y Fina y todas las mujeres valientes que en los años treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta, bajo el régimen de la dictadura franquista, tenían familias, hijos y maridos y todos los días se levantaban, preparaban el desayuno para todo el mundo, dejaban los avíos del almuerzo medio listos, se aseguraban de que todos salieran por la puerta bien vestidos, “Ponte bien esa camisa, que va a parecer que tu madre te deja salir de cualquier manera”, se miraban al espejo y salían las últimas de la casa en dirección a su otro trabajo, otro. Porque muchas de nuestras abuelas fueron pluriempleadas antes de que la palabra existiera, porque ellas son las mujeres fuertes y auténticas que se esconden tras los nombres propios de Isabel o Felisa. Porque ellas son el cariño, el detalle, el trabajo bien hecho, la muda limpia y el olor a puchero, las redes bien tejidas y las cartillas de caligrafía.

Sara Isabel, su nieta.

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